Nalguitas de ángel

CUENTO
Anoche me tomé algunas fotos en el culo. Jamás lo había hecho. Como la mayoría de la gente, supongo, sólo me lo conocía a través del tacto: un culo quizá no muy afortunado, gordo eso sí, pero normal. La piel no era muy suave, es cierto, y a veces sentía algunos granos dolorosos, pequeñas costras que arrancaba clavándoles las uñas; pero me parecían imperfecciones irrelevantes, nada del otro mundo. Aun así, mi culo tiene lo suyo, me decía: para empezar, su generoso tamaño y la carne joven, sonrosada, propia de mis veintitantos años. Pero, como les digo, anoche me tomé algunas fotos. Ah, culo miserable, asqueroso. Las imágenes revelan, lejos de la candidez juvenil que imaginaba, áreas de la piel ennegrecidas, según creo, por el roce insistente de las ingentes nalgas que me cargo al caminar, y zonas tan enrojecidas, casi sangrantes, que, ahora que lo pienso, no me extrañaría nada que fueran infecciones. De veras que no sé cómo consigo sentarme.
  Recuerdo cuando él se quedaba mirándome el trasero de mis doce años. Apretaba poco a poco, dulcemente, cada glúteo. Ahora, en cambio, no creo que puedan llamarse glúteos las dos moles informes que flanquean la cueva oscura que, por motivos prácticos, seguiré llamando culo.
  Esperen. ¿Qué son estas bolitas que se asoman por donde sale la caca? ¿Restos de caca? No creo. Si tuviera que adivinar, sin ser ningún especialista en culos devastados, claro, diría que se trata de un típico caso de hemorroides.
  Mis nalgas eran su adoración. Se entretenía besándolas por horas. Sus manos no se cansaban de hacerse y deshacerse en caricias. Decía que no podía dejar de verlas. Ni de verlas ni de acariciarlas ni de besarlas. Tampoco se cansaba de prometerme que no me dolería cuando introducía, poco a poco, primero un dedo; luego, dos. Me decía que no había nada más hermoso que yo, que yo era digno de todo el amor del mundo y que, por eso, él estaba dispuesto a hacérmelo, y que iba a gustarme, ya verás, mi niño, vas a disfrutarlo mucho. Pero de aquello que él tanto admiraba entonces, mis nalguitas de ángel, como las llamaba, ya no queda nada.
  Debe de ser por las hemorroides que me duele tanto al hacerlo. Tanto como el día en que se animó a terminar lo que muchas veces había dejado empezado, y yo, tío, ¿de veras no va a dolerme?, y él, confía en mí, mi niño, que sólo le prometiera que no le diría a nadie.
  No puedo dejar de ver las fotos de mi culo: son un asco. Con razón cuando, después de salir a caminar un poco, me lo seco, la toalla termina empapada de algo hediondo: sangre y mierda diluidas en sudor, supongo. Es claro que jamás volveré a ser el de antes, ese que mi tío no se cansaba de besar, ese que mi tío no se cansaba de repetir que era perfecto, ese al que mi tío le prometía, justo como hoy, con todas las imperfecciones que tengo, que jamás lo iba a abandonar.

Como tú, ninguno

¿Quién, como tú, para soñar a tu lado todas esas cosas que no debería escribir para no atestiguar que soy uno más de esos cursis que hablan de amor? ¿Quién, como tú, para conjurar conmigo, conmigo y contigo, el ánimo escandalosamente apagado que se apodera de mí, al parecer para siempre, cuando me hallo sin ti? ¿Quién, como tú, para no tener que volver a escribir lo que sueño, sino crearlo? ¿Quién, como tú, para viajar por ese cielo, hasta que te conocí insólito, de paz y de amorosa y satisfecha calma por el que vuelo cuando estamos juntos? ¿Quién, como tú, tan amoroso, tan rebozado de cada una de las cosas que me resultan, desde ahora, sin ti, indispensables para vivir?
  Es sólo el miedo, pues, el terror de perderte algún día, el menos pensado, niño, lo que me hace renunciar, hoy que me amas, a abandonarme a tus brazos como esos benditos que no tienen nada que temer.

La Normita

CUENTO
—Está rechula la Normita —dice Román con ese vozarrón franco suyo, con ese volumen abierto, como si gritara—. Tiene unas chichotas —y las acarician sus manos en el aire— con unos pezones como platos —y entrecierra los ojitos— y unas puntitas duras duras. ¡Ay! —se sobresalta—. Yo se las pellizco, se las muerdo a la cabrona.
  Los amigos de Román sueltan la carcajada, lo festejan. Después lo cuestionan sobre el sabor de las tetas de Normita, sobre cómo gime en la cama; quieren saber si sólo la dedea o si ella lo deja ir más allá y hasta dónde: que se los cuente todo.
  —Yo me la cojo —responde con un tono ofendido, como si dudarlo fuera una infamia—. Tiene una panochita bien chiquita y bien sabrosa —explica, y todos, unas risadas—; las nalgas, suavecitas —les duele la panza de tanto reírse, se doblan, sienten que se cagan de la risa—. La Normita me tiene cautivado —piensa o dice Román sin mirar a nadie, lentamente—. Es una experta mamadora —suspira—. Nomás de acordarme, siento cosquillas en los güevos.
  Los amigos no se conforman: quieren escuchar detalles. Y Román tiene que contarles cómo se culea a la Normita así y asado en la cama, y cómo se retuerce como loca cuando él le chupa el burrito, y aun describe su burrito, y que se rasura ahí, les confía. Así, mientras ellos se revuelcan en el dolor de una risa insoportable, la voz de Román se hace cada vez más secreta, y sus ojos se quedan cada vez más fijos en la nada: ve ahí mismo a la Normita, imagina su mirada agradecida, su cuerpo, lleno de sudor, temblando satisfecho.
  —Ya déjate de sueños, Román, ya no le hagas —entre las carcajadas—: te va a venir metiendo unos putazos el Miguel. Ni modo, ¿para qué estás feo, pinchi prieto?
  —Ese baboso me la pela, tú —despertando—. La voy a conquistar a la Normita —recobrando fuerza, alzando la voz— . Se puso con él nomás pa darme celos —le voy a partir la madre al Miguel, piensa Román—. Nomás pa darme celos se casó con él —puta, puta—. Pa que me engriera, nomás. Ya verán que luego me hace caso —seguro y por supuesto.
FRAGMENTO
había muchísima gente y todos vestidos así muy elegantes    con pieles y todo       o sea    las mujeres con pieles y vestido largo y joyas    y los hombres todos de traje negro    de smoking    pero se veía que todos eran heterosexuales       es decir    tenían cara de heterosexuales       pus no te puedo decir cómo son las caras de los heterosexuales       pero uno    como homosexual   ha aprendido a ver en la cara de la gente su    este    su onda sexual       haz de cuenta    tú no puedes describir una cara de menso    pero ves alguien en la calle que tiene cara de menso y dices    “ah    pus este buey tiene cara de menso”       entons así es ¿no?    lo ves    lo sientes   aunque no lo sepas definir

De El vampiro de la colonia Roma, de Luis Zapata.

Penúltimo capítulo

No voy a contar nuestra telenovela aquí. Además, ni falta hace porque tú y yo nos la sabemos al dedillo, y esto, francamente, aunque sea un mensaje público, no le incumbe a nadie más. Te voy a extrañar —lo sabes—, pero creo que nos estamos —otra vez— haciendo mucho daño. Es indudable que nos hace falta madurar otro poquito. Sólo espero que, cuando eso pase, cuando crezcamos lo suficiente, volvamos a encontrarnos.

La postergación

MEMORIA
Si tengo alguna enfermedad, algo que pueda corroerme por completo, consumirme mientras mezclo las piernas en una caminata interminable, aunque lenta, hacia el final, esa es la postergación. Postergo ordenar mi cuarto, mis cuentas, mi agenda. Postergo pasado, presente y futuro. Cuando me llamo —Iván, me digo—, ¿quién acude? Una caricatura malhecha que dice ahoritita y hace un guiño intraducible, algo que yo, desde la impotencia, no sé cómo entender.
FRAGMENTO
La persona verdaderamente religiosa, que capta la esencia de la idea monoteísta, no reza por nada, no espera nada de Dios; no ama a Dios como un niño a su padre o a su madre; ha adquirido la humildad necesaria para percibir sus limitaciones, hasta el punto de saber que no sabe nada acerca de Dios. Dios se convierte para ella en un símbolo en el que el hombre, en una etapa más temprana de su evolución, ha expresado la totalidad de lo que se esfuerza por alcanzar, el reino del mundo espiritual, del amor, la verdad, la justicia. Tiene fe en los principios que «Dios» representa; piensa la verdad, vive el amor y la justicia, y considera que su vida toda es valiosa sólo en la medida en que le da la oportunidad de llegar a un desenvolvimiento cada vez más pleno de sus poderes humanos —como la única realidad que cuenta, el único objeto de «fundamental importancia»—; y, finalmente, no habla de Dios —ni siquiera menciona su nombre—. Amar a Dios, si usara esa palabra, significaría entonces anhelar el logro de la plena capacidad de amar, para la realización de lo que «Dios» representa en uno mismo.

De El arte de amar, de Erich Fromm.
CITA
“Mereces lo que sueñas”.

GUSTAVO CERATI

Ya me canso de llorar y no amanece

MEMORIA
Lola Beltrán es una de las cantantes favoritas, si no es la que más, de mi mamá. Escuchándola, he extrañado hasta las lágrimas a mi madre, sus cuidados, sus besos, sus arrumacos. La voz de Lola me recuerda la cara esa que pone mi mamá cuando canta, por ejemplo, “Paloma negra”. Y me pregunto entonces si vale la pena estar lejos de ella, de mi sobrino, si no es demasiado alto el precio que hay que pagar por la aventura. Y digo todo esto mientras me llevo una copa de vino a la boca en el departamento de Silver y Jonás, un par de buenos amigos que conocí aquí. Silver dice que sí, que vale, y Jonás opina algo por el estilo. Al final, viéndolos, me doy cuenta de que la vida sigue y de que yo, como sea, continúo disfrutándola. Ahí, frente a ellos, frente a un Jonás que canta ya me canso de llorar y no amanece mientras, con toda la sensualidad de que es capaz, se levanta un poco la falda para descubrirse las peludas piernas, frente a un Silver que rasguña con sus largas uñas rojas algo de queso que quedó pegado en el interior de una caja de pizza vacía, frente a unas cuantas copas y botellas de vino rotas, me digo: es bueno, esto es necesariamente bueno. Y tomo un trago más de vino, me suelto la liga del pelo, me zafo las zapatillas y me tiendo en el sofá. Es bueno, me digo, todo esto es bueno, y me duermo.

Lo único que importa

MEMORIA
No importa cuánto ame esta buena casa, su ancho corredor, la amplísima cocina, las habitaciones cálidas, un baño donde se puede uno sentar a cagar con las piernas estiradas si se quiere.
  No importan los chistes de mamá, que lo agarran a uno por donde menos se los piensa, ni su sonrisa —ah, su sonrisa, tan sincera y dulce— ni su carita presumida de recién bañada.
  No importan las calles empinadas de este pueblo, que subo con una agilidad en mí insólita, ni el humo con sabor a leña y a tortillas.
  Ni este ladrerío, lejano como un sueño, importa. Ni el cantar exacerbado de los gallos que se enciende cuando va a ceder la noche importa. Ni el murmullo de las gentes que golpea los adobes de mi casa importa.
  La madrugada del martes me voy de aquí, y eso es lo único que importa.

De remate

Si hubiera sabido entonces, cuando, con unas tijeras, distribuía atinadamente un buen número de agujeros en mis calcetines; cuando azotaba los zapatos, cuando los arrastraba, cuando los enterraba y desenterraba en el jardín con tal de que se hicieran viejos lo más pronto posible; cuando, como un loco sin remedio, agitaba la cabeza frente al espejo y hacía caras felinas que pretendían ser, a un tiempo, intimidantes y seductoras… Si hubiera sabido entonces que yo la entrevistaría, que le diría hola, Gloria, ¿cómo te ha ido con las lluvias?, que quizá hasta le gastaría un par de bromas inofensivas —pero sin desgañitarme como seguramente lo hubiera hecho de haberla tenido tan cerca entonces, cuando lo de los calcetines rotos—, quizá me habría terminado de volver, como me lo advirtió tanta gente tantas veces, loco. Pero loco de verdad. Digamos, loco de remate.