FRAGMENTO
De El arte de amar, de Erich Fromm.
La persona verdaderamente religiosa, que capta la esencia de la idea monoteísta, no reza por nada, no espera nada de Dios; no ama a Dios como un niño a su padre o a su madre; ha adquirido la humildad necesaria para percibir sus limitaciones, hasta el punto de saber que no sabe nada acerca de Dios. Dios se convierte para ella en un símbolo en el que el hombre, en una etapa más temprana de su evolución, ha expresado la totalidad de lo que se esfuerza por alcanzar, el reino del mundo espiritual, del amor, la verdad, la justicia. Tiene fe en los principios que «Dios» representa; piensa la verdad, vive el amor y la justicia, y considera que su vida toda es valiosa sólo en la medida en que le da la oportunidad de llegar a un desenvolvimiento cada vez más pleno de sus poderes humanos —como la única realidad que cuenta, el único objeto de «fundamental importancia»—; y, finalmente, no habla de Dios —ni siquiera menciona su nombre—. Amar a Dios, si usara esa palabra, significaría entonces anhelar el logro de la plena capacidad de amar, para la realización de lo que «Dios» representa en uno mismo.
De El arte de amar, de Erich Fromm.
3 comentarios:
hey ivaaaan realmente no vale la
pena pensarle mucho en como manejar nuestro destino o quien lo maneja,
supongo lo mejor es manejar el momento y
pasarlo genial no cree? con tal humildad que todos
deberiamos de tener...
haha que onda wey
lei creo todo tu blog sabes,
es bueno que escribas.
Abrazo desde cuerna hermano cuidat
Èse es un muy bonito fragmento. Abrazos.
¿Te leíste toooodo, Jorge? ¡Qué paciencia! Pero muchas gracias, ¿vale?
Muchos abrazos, Alán. Ojalá que pronto podamos dárnolos en persona.
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